martes, 24 de agosto de 2010

Capítulo 2: Re-secuestro

Fue la voz de mi madre la que me devolvió a la realidad.
-¡Anais!, ¡Es para ti!
Con el sueño pegado a las pestañas, intenté situarme. Estaba mi cama, y por entre los resquicios de la persiana entraban tenues rayos de sol que desterraban la penumbra.
Me incorporé de un salto, más por el miedo a la voz autoritaria de mi madre que por otra cosa, y el frío de las baldosas me despejó un poco.
-¿Quieres coger el teléfono de una vez? –mi madre andaba por la cocina.
Agarré el auricular y me lo llevé a mi cuarto. Te quiero, inalámbrico.
-¡¡¡Buuuuuuuuenos díaaaaaaaaaaassssss Aníííííssssssss!!!
La voz de Blanca sonó al otro lado del aparato con tono de sincera alegría. Miré de reojo el reloj. Eran las once y media de la mañana. Temprano para mí en vacaciones. Dios, ¿Por qué me dolía la cabeza como si me hubiese bebido dos litros de vodka la noche anterior?
-¿Qué tal ha dormido mi licor favorito? –preguntó- ¿Qué tal ayer?
-Zorra mentirosa, a ti no te gusta el anís. -respondí- Pues bien, ayer...
Me quedé en blanco. ¿Qué había pasado ayer? Lo último que recordaba era estar en el cuartucho vendiendo entradas, y después... despertar en mi habitación.
Mi amiga se extrañó de mi silencio.
-¿Nena?
Reaccioné como movida por un resorte.
-¿Eeeh? Sí, dime.
-¿Estás bien?
-Sí, sí, nada. ¿Para qué me llamabas?
-Hoy es sábado, día de olvidarte de todo a base de alcohoool, alcohol, alcohol, alcohoooool –canturreó- y salir por ahí.
Olvidarte de todo...
-Hemos quedado a las cinco en casa de Itzíar, y es una suerte que pueda quedar, porque con las que le han caído este año…en fin, llamadita al portal y listo... –prosiguió ella, tan rápido que apenas la escuchaba.
Algo extraño sucedía. Una sensación anómala, irreal. Algo no encajaba, algo andaba mal, algo...
-¿Te viene bien o no?
Mi tobillo estaba azul.
-¿Anís?
Azul. Pero no hinchado. Azul. Pero no me dolía. Azul.
Con la marca de una mano azul.
-¿Me oyes? ¿Anais? Mamá, creo que se ha cortado.
-No, no. Está bien. Es sólo... ¿sabes esa sensación de que se te olvida algo?
-Joder, Anís, ¿Por qué no respondías? Pensé que este maldito cacharro se había vuelto a estropear. ¿Has oído lo que te he dicho?
-Sí, seguro que tu nueva falda es preciosa.
-Aarggg... me exasperas. ¿Quieres bajar a la tierra con los demás mortales? ¡Te estoy diciendo de quedar!
-Am... perdona, es que me acabo de despertar y ya sabes, sí, si, claro. A las cinco donde Itzíar ¿No?
-Si. Y tráeme mi Cd. ¿Qué no se te olvide ok?
-No tranquila.
-Besitos, mi ope. ¡¡¡Te quieroooo!!!
-Y yo a ti.
Bip-bip-bip
Bip-bip-bip
Me quedé un rato con el teléfono pegado al oído, como hipnotizada, mientras mis ojos no podían apartarse de mi pie.
Por algún motivo, sabía que aquello estaba relacionado con algo que había sucedido ayer, pero... ¿Con qué? ¿Y qué sería un ope?
-Ta-ta
Una pequeña criatura de dos años y pico de edad se agarró a mi pierna izquierda igual que un koala.
-Ta-ta –repitió.
Me agaché para recogerla del suelo y le estampé un sonoro beso en la mejilla. Ella se limpió la cara con un torpe manotazo.
-Que acco.
-Si, yo también te quiero.
La deposité en el suelo y salió despedida hacia la cocina. Yo me quedé plantada allí, sin poder apartar la vista de mi tobillo. Quizás sólo sea pintura. ¿Podría ser que me hubiera manchado con algo? Algún banco o pared recién pintado... Sin embargo, mi mano no encajaba con aquella huella.
-¡Mamá!
-¿Qué? –respondió a gritos.
-¡Me voy a la ducha!
-¡Vale!
Me precipité hacia el baño, y en cuanto el agua comenzó a correr, froté con fuerza aquella zona.
Nada.
Probé con gel y agua caliente...
Nada.
Lo único que había conseguido era enrojecer la piel circundante a esa mano azul. Derrotada, terminé de ducharme y me dirigí a mi cuarto.
Pensé en ponerme una falda, pero desterré aquella idea. No quería que mi madre viera aquella marca, ni soportar preguntas para las cuales no tenía respuesta. Por ello, pese al calor, me plante con resignación uno vaqueros.
-¡Anais! –Me llamó mi madre justo cuando acababa de vestirme, - ¿puedes bajar a por el pan?


Al abrir la puerta que daba a la calle, el calor me abofeteó en plena cara. Lancé mentalmente una serie de improperios contra la maldita mancha que obligaba a mis piernas a cocerse bajo el largo pantalón. Anduve a paso rápido hacia la panadería, imaginando lo rápido que iría si fuese deslizándome sobre dos tacos de mantequilla, y rezando para que en ella tuvieran aire acondicionado.
Mis ruegos, como de costumbre, no fueron atendidos. Allí dentro el calor era mayor que en la calle, si es que eso era posible. En el aire flotaba el delicioso olor a pan recién horneado, y algo más. Algo que me sorprendió. Un olor fresco, que me recordaba a la lavanda.
El personaje que desprendía dicho aroma estaba a mi derecha. Era un chaval apenas mayor que yo, con el pelo corto y despeinado y los ojos del azul mas límpido que hubiera visto en mi vida. Se giró hacia mí con una deslumbrante sonrisa.
-¿Se te ha ido la marca?
Zas. Tendríais que haberme visto la cara. La estupefacción me hizo adoptar un rictus casi cómico. El otro rió. Era una risa cristalina, diáfana.
-¿Có...cómo...? –comencé, pero él no me dejó terminar, pues en menos de un segundo, se agachó, levantó el pantalón e inspeccionó la zona.
-Hum...-susurró- esto no tiene muy buena pinta... ¿Con qué lo has lavado?
Yo, que en esos instantes estaba cohibida y roja como una langosta acerté a decir:
-Co-con agua caliente... y jabón...
El chico volvió a reír.
-¡Ja ja ja! ¡No eres un trapo de tela! –al parecer, yo debía de ser extremadamente hilarante, pues él no podía parar de sonreír. Quería decirle que me refería a jabón del cuerpo, pero no me dio tiempo- Prueba a comer zanahorias, se te irá.
Cuando iba a inundarlo a preguntas, apareció el panadero con dos barras humeantes.
-Toma, cuidado, que están calientes –hizo ademán de entregárselas al chico pero éste las rechazó con un gesto.
-No son para mí, sino para ella –respondió señalándome al tiempo que se marchaba de la tienda.
Pagué atropelladamente, pero cuando salí, ya se había esfumado. Sólo había dejado tras él un rastro a lavanda.
Al llegar a casa, mi madre me miró con preocupación. Aquel sexto sentido materno que las avisa de un suspenso o una bronca con los amigos se puso alerta. Casi pude ver una sirena roja encima de su cabeza activándose.
-¿Qué te pasa?
-Nada, que hace calor. Por cierto... ¿Tenemos zanahorias?


Tras comer, me encerré en el cuarto con dos zanahorias, y las devoré mientras miraba compulsivamente mi adorable marca azul.
No se iba.
Lancé una patada contra la mesa. Y una exclamación cuando acerté con el empeine en la puntiaguda esquina. Aquel chaval me había tomado el pelo. No obstante, ¿cómo sabía lo de mi marca? Lo más razonable era que ayer me hubieran gastado una broma de la que él hubiera sido partícipe. Sin embargo, ¿Cómo no iba a recordar de un día para otro esa cara... con esos ojos? Estuve dándole vueltas a la cabeza a esas cuestiones hasta que llegó la hora de salir.


Olí a Blanca antes de verla. Sí, no había girado la esquina que me conducía a la casa de Itziar cuando su aroma revoloteó hasta mi nariz. Una mezcla entre tabaco y la colonia “Halloween”.
-¡Anís! –exclamó al verme. Tras estrujarme con un fuerte abrazo, me miró más seria.
-He llamado al timbre, pero no contestan. Y lo que es más importante...-adoptó una expresión grave, como si estuviese a punto de revelarme quién mató a Kennedy- ¿Me has traído el CD?
-¡Mierda! –me golpeé la cabeza- lo siento...
-No pasa nada. Como te conozco ya le he dicho a Carmen que mañana no se lo podría devolver.
-Me duele esa acusación que has dejado caer por ahí en medio –llamé al portero automático, piso 8º A, nadie contestó.- ¿Dónde se habrá metido esta chica?
Como respuesta, la puerta se abrió.
-Pues en casa, -se burló Blanca.
Pasamos al interior y miramos con horror el cartel de “No funciona” del ascensor.
-No me jodas –maldijo Blanca- que es un octavo.
Cuando por fin llegamos a la puerta, Blanca resollaba como si hubiese corrido una maratón.
-Estás jodida, ¿eh? –la piqué.
-Soy fumadora, ¿vale?
-Bueno, yo también lo era –respondí mientras golpeteaba la puerta.
-Sí, y aún no sé como lo dejaste.
-Yo tampoco –y era cierto. No tenía idea de cómo lo había dejado, después de dos años, y con lo que a mí me gustaba fumar. Recuerdo que pasé meses deseando chupar colillas hasta que, un día, así sin más, no tuve más ganas.
Volví a llamar, pero Itzíar no abría
-Esta chica es tonta. ¿Qué estará haciendo?
-Igual le ha sucedido algo, -se angustió Blanca- está sola en casa, ¿Y si se ha caído y se ha golpeado con algo, y ahora un charco de sangre rodea su cuerpo inerte?
-Si claro –hice un feo mohín con la cara y proseguí- y tenemos que darnos prisa antes de que el olor a putrefacción atraiga a los buitres...
De todas formas, no quería reconocer que aquello de verdad me preocupaba. No lo del charco de sangre, evidentemente, sino que le hubiera ocurrido algo malo.
-La llamaré al móvil –dijo Blanca.
-No será necesario.
Me agaché y levanté el felpudo. Allí relucía una llave.
-No jodas –exclamó Blanca- ¿guardan la llave de la casa bajo la esterilla? ¿Igual que en las pelis?
-No es la llave de la casa, tontina –respondí- es la del buzón. Dentro de él están las de casa.
Después de volver a bajar y a subir los ocho pisos, me di cuenta de que a mí también me faltaba algo de ejercicio.
Esta vez sí, la puerta no ofreció más resistencia y se abrió con un leve susurro.
Blanca cogió aire, dispuesta a gritar el nombre de Itziar pero le tapé la boca rápidamente. Había escuchado una voz. Y no era la de nuestra amiga. Blanca me dirigió una mirada interrogante hasta que también la oyó. Junto a ella sonó otra, ambas poseían un matiz masculino y cuchicheaban entre sí.
-¿Qué hacemos? –farfulló Blanca- No me suenan para nada esas voces…
-Quizás son amigos de Itziar. –respondí, aunque no demasiado convencida. Me dispuse a avanzar y ella me retuvo.
-Si fueran sus amigos, no hablarían dentro de una casa en voz baja ¿no? –dijo en un tono algo elevado, que se apresuró a reducir- ¿Y si son ladrones?
-No lo sabremos hasta que lo veamos.
Y, desasiéndome de su mano, me escurrí silenciosamente por el pasillo. Me libré de los zapatos para ser aún más discreta. Un metro por detrás de mí Blanca me imitó.
Las habitaciones de la casa estaban dispuestas en torno a un pasillo que en la entrada se ensanchaba en un recibidor. La puerta del salón era la primera a la izquierda, si no me equivocaba. Un olor a lavanda me advirtió de que algo iba mal.
Cuando me asomé, no podía creer lo que veía.
El chaval de la panadería se encontraba en mitad del salón. No cabía duda de que era él. Los ojos con los que miraba al chico que le acompañaba eran inconfundibles.
Su acompañante parecía absolutamente normal… excepto porque su piel era de un tono sorprendentemente naranja. Una vocecilla me advirtió en mi cabeza de que allí estaba pasando algo muy raro. Y peligroso.
-No puede haber desaparecido –susurró mi querido amigo, el que me había regalado dos barras de pan y además me había tomado el pelo.
-Pues ya hemos registrado toda la casa. Admítelo, Itziar no está aquí. –le respondió el de la piel naranja.
Ahogué una exclamación, aunque no pude evitar emitir un pequeño ruidito. Mi amiga se había esfumado y dos extrañas ¿personas? La buscaban.
-¿Has oído eso? –se alarmó naranjito.
Di un paso atrás y me topé contra Blanca.
-¿Qué pasa? ¿Qué has visto?
-Va-vámonos –tartamudeé nerviosa
Blanca iba a replicar, pero al ver la palidez que se había extendido por mi rostro lo pensó mejor.
Me abalancé hacia el recibidor sin preocuparme por el ruido ya. Ni siquiera me acordé de los zapatos.
-Anais, cuid… -giré la cabeza hacia ella, pero su frase se cortó cuando choqué contra algo duro.
-Buenaaaas… -el tono amistoso contrastaba con las manos que me aprisionaron las muñecas. Le miré directamente a la cara y sentí un profundo odio hacia esos ojos azules. ¿Cómo narices había aparecido delante de mí tan rápido?
Detrás de Blanca apareció el personaje naranja, que la asió también de las muñecas al tiempo que le tapaba la boca.
-¿Se puede saber qué hacéis aquí? –me preguntó sin soltarme.
Me encaré hacia él, y a pesar del terror que me atenazaba la garganta fingí enfado.
-Eso lo deberíamos de preguntar nosotras ¿no? ¿Quiénes sois? ¿Por qué buscáis a Itziar?
Él se puso serio.
-¿Y tú de qué conoces a Itzíar?
-Es mi amiga- respondí simplemente
Ahora se sorprendió. Naranjito también se quedó boquiabierto.
Blanca aprovechó la distracción de su captor para revolverse contra él y pegarle una dolorosa patada en sus partes pudendas. La víctima, cegada por la furia, le propinó un sonoro golpe en la nuca.
El cuerpo inerte de Blanca se precipitó hacia el suelo.
-¡Blanca! –chillé al tiempo que me libraba de las manos del otro para abalanzarme sobre ella.
Llegué al tiempo de evitar que su cabeza golpeara contra las baldosas. Observé unos instantes su rostro inconsciente. Parecía apaciblemente dormida. Blanca era realmente hermosa. Unos ojos de un color indefinido entre verdes y azules se encontraban en esos instantes escondidos tras unos párpados ribeteados por unas largas pestañas. La nariz era, simplemente, perfecta. Los labios gruesos. Una envidia para cualquier persona que no la quisiera tanto como yo.
Sentí que las lágrimas comenzaban a asaltar mis ojos, con la intención de inundarlos.
-¡¿Qué le has hecho?! -le grité furiosa al chico naranja.
-Nada que no se mereciera. –conservaba la expresión de haber mordido un limón. Un limón especialmente ácido.
-Volviendo a lo que nos interesa… -el otro me asió de la cintura y suave pero firmemente me obligó a levantarme y girarme hacia él. Blanca yacía en el suelo como si se tratara de la cama más blandita.- una pregunta... ¿Cuánto hace que conoces a Itzíar? ¿Qué tal las zanahorias?
-Eso son dos. Cuanto hace que conozco a Itzíar no te importa. Y las zanahorias bien, gracias. De hecho, me encantan. –contesté irónicamente. Y algo turbada también, pues el chico no se había molestado en apartar las manos.
-Hum… esto se complica…
-Quizás deberíamos regresar a casa –propuso el otro- estoy bastante cansado y así rindo menos. Además, hemos registrado cada rincón de la casa. Y mi informe se va a reducir en tres palabras; “no había nada”. ¿Y el tuyo? –parecía molesto mientras hablaba. Me pregunté cuánto tiempo le dolerían los genitales. Las patadas de Blanca eran bien fuertes.
-Yo añadiré; “excepto Anais, de repente amiga inseparable de Itzíar”
-Oye, tampoco es como si fuésemos inseparables y… ¿Cómo sabes mi nombre? Ah, ¿Y lo de la marca?
Me miró. Abrió la boca…
Y me ignoró completamente.
-Hum… ¿Qué vamos a hacer con ellas?
-Propongo llevárnoslas: han visto demasiado…
Di un respingo ¿Llevarnos dónde? ¿Era eso un secuestro? ¿Porqué esa sensación de Déjà vu?
-Oye, que si es por eso, nosotras no hemos visto nada. –dije como quitándole importancia a todo. Iría directa a la policía.
Levantó una mano de mi cintura para enseñarme su dedo corazón.
-Que te jodan a ti. ¿A qué viene eso? –dije mosqueada.
-A probarte que no eres ciega.
Suspiré
-Al menos…dejad a Blanca en paz.
-Te pones arrebatadora cuando intentas hacerte la heroína. ¿Te lo habían dicho alguna vez?- me dijo el naranja.
Me sonrojé. Había interpretado mi sincera preocupación como un intento vanidoso de hacerme notar.
-Por favor…
-Quizás, -comenzó ojos-azules- podríamos borrar algunos fragmentos de la memoria de tu amiga y así no haría falta llevárnosla con nosotros.
Una sonrisa afloró en mi cara.
-Pero a cambio, -continuó- vendrás con nosotros sin oponer resistencia. Y, cuando lleguemos, te portarás como una señorita.
-No es un trato muy justo que digamos.
-Lo tomas o lo dejas.
Miré de soslayo a Blanca. El mundo que la rodeaba no parecía tener relación alguna con ella. Si me iba con ellos ella seguiría descansando plácidamente. Si me resistía nos llevarían a las dos, pero en mi mente se formaba la esperanza de idear entre ambas un fantástico plan de huida. Si me marchaba por propia voluntad no tendría ni una sola ocasión. Aunque… ¿Qué pasaría si aceptara el trato… y aún así intentara huir? Quizás pondría en peligro a Blanca… estaba entre la espada y la pared.
Mejor una que dos.
-Lo tomo.
-Bien. –asintió y de repente miró aterrado tras de mí- ¡Oh! ¿Qué es eso?
Cuando me giré para averiguar a qué se refería su mano acertó con escalofriante precisión en una zona de mi cuello. Todo se volvió difuso y me abandoné a la inconsciencia.
-Vayámonos. –dijo naranjito con un resoplido, mientras me cogía en volandas.
-Adelántate tú un momento, yo tengo algo que hacer primero.
El otro le miró y dudó sólo un instante. Sabía que Ehcon era una persona muy difícil de comprender. Su personalidad podía pasar de ser fría y distante a cálida y cercana en un momento. Estaba lleno de secretos que, sinceramente, prefería desconocer.
Cuando se marchó, Ehcon se arrodilló al lado de Blanca.

-Deja de fingir… -susurró en su oído.