sábado, 31 de julio de 2010

Capítulo 1: El secuestro

Verano.


Tiempo de vacaciones, de vaguear, de salir por ahí.
¡Ja!
Observé a través del sucio cristal de la taquilla, hacia el cielo, aburrida.
Y exhalé un prolongado suspiro.
Era un soleado día, y el calor, como una pesada segunda piel, se me pegaba al cuerpo.
Pensé en las innumerables cosas que podría estar haciendo; tomar unas cervezas con algún amigo, leer un poco, viciarme al ordenador, o, aprovechando el calor, darme un bañito en la piscina... en vez de eso, estaba en la piscina... pero de taquillera, vendiendo entradas.
Maldito curro de verano...
De todas formas, estaba bien no tener que depender de las propinas de tus padres, que se empecinan en no aumentártelas, y además, Enrique había sido muy amable dándome trabajo a pesar de no tener experiencia ninguna.Aunque la verdad, tampoco hace falta estar muy cualificado para vender cuatro entradas. Otro punto a favor era que no me obligaba a llevar esa horrible ropa de empleada, que además producía un espantoso picor, sino que podía llevar lo que quisiera. En ese instante, vaqueros piratas, camiseta de tirantes y sandalias marrones. Enchufe. En esta vida lo mejor es el enchufe.
Observé mi reflejo en el cristal que se encontraba en frente mío, sin ninguna satisfacción. Estaba harta de llevar el pelo siempre igual, moreno y corto. Estaba harta de mis ojos de un tono tan oscuro que no se distinguía apenas la pupila del iris. Si bien era cierto que eran grandes, también que debido a ello mi cara adquiría un cierto matiz infantil. La nariz... demasiado redonda. La boca, bueno, al menos mis labios me gustaban. Y, sin embargo, había gente que me gritaba groserías por la calle… a lo que yo respondía, educadamente, con algún “Que te jodan” o “Tu puta madre”. Educadamente, eso sí.
Insultos aparte, Mi trabajo consistía únicamente en decir “Buenos días” o “Buenas tardes”, y dar un determinado número de entradas para niño, joven, adulto o mayor, según fuera el comprador, y cobrar el precio correspondiente.
De todas formas, eran las tres de la tarde, y la gente en su sano juicio no solía ir por esa hora.
El espacio en el que me encontraba era más bien pequeño, una habitación con una pintura verde desconchada que se caía a cachos de las paredes y el techo. Tenía una puerta marrón y desgastada que daba al exterior, un pequeño depósito de agua medio vacío, una silla, una papelera y una mesa en la que, si te descuidabas, acababas con astillas en los dedos. Además del cristal con una pequeña abertura que me separaba del exterior, por donde deslizaba las entradas.
Algunos descoloridos carteles me recordaban los horarios y precios.
Vamos, lo que se dice una decoración muy ostentosa.
Deprimente.
Bostecé y jugueteé con el lápiz. Dibujos de personas durmiendo era en lo que me había entretenido.
Me agaché para tirar el insípido chicle que debía de haber estado mascando durante toda la mañana, cuando oí una voz.
- Buenas tardes.
Me enderecé con una sonrisa en los labios. Al fin algo que hacer.
- Buenas tard...
Pero ambas, palabra y sonrisa, se quedaron congeladas en mi boca. Así como la sangre, puesto que no era nada normal que alguien llevara gabardina con capucha puesta a 40 grados en verano.
Inmediatamente intenté levantarme y retroceder hasta la pared, dado que estaba claro que la figura que estaba frente a mí no tenía precisamente pinta de llevar buenas intenciones, y la calle a esas horas estaba desierta, por lo cual nadie podría ayudarme. Pero en cuanto me moví un milímetro éste introdujo la mano por la abertura del cristal y me agarró por la muñeca.
Hubiera querido gritar, pero mis cuerdas vocales me volvieron a fallar.
La mano que me sujetaba era azul.
El sujeto que me agarraba se había quitado la capucha, dejando ver su aspecto.
No es que fuera feo.... Es que era azul.
Completamente azul, de pies a cabeza, con todos los sinónimos de dicho color que os queráis imaginar. Pelo añil, labios índigos... su piel era de un tono azul. Tenía las orejas puntiagudas, los caninos ligeramente más desarrollados, y una cola prensil, larga y flexible, que terminaba en un triángulo carnoso. Asomaban encima de su frente unos pequeños cuernecillos. Era como las ilustraciones de demonios que había visto de pequeña en cuentos, pero en azul. Parecía tener mi misma edad, quizá un año más, y observaba con satisfacción el efecto que su aspecto había causado sobre mí.
Yo mantenía una lucha interna: mi sentido racional me decía que eso no era posible, que despertara, mientras mi instinto de supervivencia me instaba a salir corriendo.
Opté por éste último, e intenté zafarme de la mano que me agarraba.
- ¡DE... DÉJAME!, ¡¡¡¡¡SUÉLTAME!!!!! –Empecé a gritar con todas mis fuerzas, pero para frustración mía el joven me seguía agarrando... y sonriendo
Continué gritando mientras me retorcía, pero sólo lograba que él apretara con más fuerza y me hiciera daño.
No me lo pensé dos veces, dirigí mi cabeza hacia su mano y le mordí con todas mis fuerzas.
El extraño me soltó instantáneamente, reprimiendo una exclamación, más por la sorpresa que por el dolor, y sentí el sabor de la sangre en la boca.
Me empecé a marear, como siempre que me levanto demasiado deprisa. Por unos instantes me pareció que me desvanecía. A ello se unieron las arcadas provocadas al escupir aquella sangre.
Sin embargo, logré llegar hasta la puerta y pasar el pestillo. Era capaz de intuir que si salía aquél ser me alcanzaría en seguida, sin duda alguna. Así que me quedé agarrada al pomo de la puerta esperando a que mi corazón se calmase y escuchando mi pulso acelerado martilleándome en el oído. Pero, en contra de lo que me esperaba, el ser de afuera no me dirigió una mirada de rabia, sino de suficiencia... y seguía sonriendo.
Le miré un tanto aturdida, sin comprender su reacción.
Y, como si todo hubiera sido un mero sueño, aquel ser azul se difuminó en el aire.
Y ahí me quedé yo, en el suelo, apoyada contra la puerta, tan confusa como no lo había estado en toda mi vida. Miré en derredor. Todo estaba como hasta hace unos segundos. Tranquilo, en silencio.
Me levanté y me recompuse un poco el pelo y la ropa. Quizás simplemente había sufrido un golpe de calor. Sí, esa era la explicación más factible. Por el cristal los rayos del sol entraban y golpeaban en la silla ahora vacía. Pues claro que había sido eso, ¿Qué si no? Menuda tontería, un demonio azul...
Nunca había sido demasiado cristiana. No iba a empezar a creer ahora en demonios. Y menos si son azules. Son rojos, joder, rojos de toda la vida. ¿No?
Sonriendo tensamente, me acerqué al depósito y me serví un poco de agua. Me asusté como una tonta cuando una burbuja de aire subió hasta arriba. Que estupidez, me pareció que había susurrado mi nombre, Anais.
Me senté, me masajeé las sienes y dejé el vaso a un lado.
Justo cuando estaba más calmada me percaté de una rojez en mi mano derecha. ¿Había sido aquello provocado por...? No, imposible. Vamos Anais, hemos quedado en que ha sido un golpe de calor.
Sin embargo al girarme hacia atrás vi la sangre que había escupido de mi boca... Pero algo interrumpió la explicación que mi cerebro me estaba intentando dar de aquello. El agua del depósito empezó a vibrar, a temblar.
Me levanté asustada, pensando si sería que había demasiada presión, o algo por el estilo. Dejó de temblar y me acerqué más.
Falsa tranquilidad. Volvió a agitarse el agua, está vez con mucha más fuerza, esta vez con más burbujas. Podía oír claramente como éstas pronunciaban mi nombre una y otra vez
-Anaisanaisanaisanaisanaisssss......
¿Me estaba volviendo loca?
-Anaisanaisanaisanaisanaissssss.........
¿Qué quieres? –pregunté en voz alta. Definitivamente, estaba como una cabra. ¿De verdad le estaba preguntando algo a un depósito de agua?
-Acércate.
-¿Qué? –chillé con una voz excepcionalmente aguda. Pero había escuchado bien. Me acaba de responder un objeto supuestamente inanimado.
-¡Qué te acerques! ¡Coño!
Me dirigí como hipnotizada. Como estaba convencida de que todo eran delirios míos, de que aquella voz estaba en mi cabeza, lo agarré con fuerza y empecé a zarandearlo.
-¡¿Qué haces?! ¡Me estoy mareando!
-¡Cállate, cállate, cállate! –grité.
Con el forcejeo, el depósito se separó de su parte inferior y salí impulsada hacia atrás.
Caí de bruces contra el suelo, esperando sentir cómo me mojaba el agua, pero al abrir los ojos comprobé que estaba equivocada.
El depósito vacío a un lado. Toda el agua contenida, se encontraba ahora en una esfera que flotaba a pocos metros del suelo. Ésta se empezó a estirar y deformar hasta que adoptó la figura de un muchacho alto, desgarbado, translúcido.
-Chica, -dijo dirigiéndose hacia mí- ¡Qué mareo! ¿Eres así de borde siempre?
Le miré boquiabierta, al borde del colapso, desde mi incómoda posición
-¿Y esa cara? –frunció el ceño- ¡Huy perdona, que descortés soy! Hum... eeh... –parecía estar intentando acordarse de algo- ¿Buenos días? ¿Es eso?
Y en mi extraña situación, sólo se me ocurrió decir.
-En todo caso sería buenas tardes.
Me miró y sonrió.
-¡Oooh! –dijo con el mismo tono de voz con el que te diriges a un bebé o a una mascota- ¡Si me entiende! ¡Qué mona!
Iba añadir algo más, pero en ese instante se llevó una mano a la cabeza al tiempo que cerraba los ojos.
-Sí, si ya estoy dentro. –parecía hablar por algún teléfono invisible- Que sí, Que ya te aaabro, ¡no seas pesado! –bajó la mano y se dirigió hacia la puerta. Se paró delante de mí porque yo interrumpía su paso.
-¿Perdona, me permites?
Pese a estar casi en shock, me aparté rápidamente.
-Muy amable.
Se detuvo en frente de la puerta y su cuerpo se definió aún más. Su piel se volvió de un color naranja intenso, intensísimo, y sus ropas adquirieron consistencia. Era alto, desgarbado, de rostro ovalado y facciones suaves. En ese momento, corrió el pestillo y abrió la puerta.
Una figura estaba fuera tamborileando con los dedos en el marco.
Era aquél odioso ser azul.
-Ya era hora.
Pasó con aire distendido, y se acercó directamente hacia mí. Se había desprendido de la gabardina, y vestía un atuendo absolutamente normal. Vaqueros y camiseta.
-Se dice gracias, -le replicó el ser antes de agua y ahora naranja.
-De nada –replicó el azul fríamente.
Presa del pánico, ante aquél que se me acercaba, y dado que el otro bloqueaba la puerta, intenté como una estúpida abrir el cristal para salir, pero no conseguí ni arañarlo.
El extraño me agarró por las muñecas, sin darme tiempo ni siquiera a gritar, con tal fuerza que me levantó del suelo, y me sentó en la mesa obligándome a mirarle a los ojos.
Intenté retorcerme, pero me quedé totalmente paralizada cuando le miré a los ojos.
A los ojos... a los ojos... sentí una sensación extraña al mirar aquellos ojos azules, tan fríos y tan penetrantes, que era como si un trozo de hielo y cielo se hubieran mezclado e ido a parar a aquel iris. Traté con todas mis fuerzas apartar la mirada, de veras que lo intentaba, pero en el fondo… tampoco quería hacerlo.
Sentí entonces una presión en la cabeza, igual que cuando te colocas un libro encima. ¿Qué estaba pasando? Un pensamiento me azuzaba, ¿Era posible que el ser azul se estuviera metiendo en mi mente?
Anais la paranoica. Anais la loca. Eso era imposible... aunque todo lo que estaba pasando en esos momentos era inverosímil...
Y ahí estaba, la cosa más desagradable que hubiera experimentado jamás. La conciencia de aquel ser rebuscando en mi mente como un perro en la basura. Igual que un oficinista examinando en un fichero, él hacía lo mismo pero con mis recuerdos y pensamientos.
Tras lo que pudieron ser horas, o segundos, dejó de remover mi mente, para ponerse a hacer algo distinto.
Sentí mi conciencia cada vez más ligera, extendiéndose por toda la habitación, liviana, etérea... me encontraba realmente bien, en paz... una paz que se rompió bruscamente cuando comprendí que estaba creando una barrera entre mi mente y mi cuerpo. Me estaba separando de él.
Instantes más tarde, me encontré suspendida al lado de mi propio cuerpo.
Fuera de él.
Para rematar la tarea, sacó un botecito del bolsillo, y lo abrió delante de mis narices, quiero decir, delante de mi nariz no-etérea.
Un humo salió despedido y se introdujo en mi interior.


Los miraba alternativamente a los dos, mientras flotaba como un globo.
-¿Quiénes sois? –dije con voz fantasmal- ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué está pasando?
El ser naranja me ignoró completamente y se dirigió al otro.
-Oye, me voy, me esperan en la Dimensión Cero.
-¿Ah, si? ¿Quién? ¿Algún pibón de energía cósmica?
-Sí, tu madre. Sabes perfectamente que se trata de una reunión familiar y cómo las odio.
El otro no movió un músculo, pero percibí claramente que hacía esfuerzos por no romper el silencio con sonoras carcajadas.
-Sí, sí... bueno que te sea leve, nos vemos en el cortejo.
-Adiós.
Y, en vez de salir por la puerta, se introdujo tan rápido que ni siquiera vi cómo lo hizo en el depósito de agua y desapareció.
-¿Hola? ¿Acaso no puedes oírme?
Estaba muy asustada. ¿Y si acababa de morirme? ¿Y si me convertía en un fantasma condenado a vagar por la tierra sin rumbo fijo? ¿Un alma en pena desterrada de su cuerpo, perdida en...
-Te oigo perfectamente. Y también tus pensamientos, así que para el carro o me estallará la cabeza. Sus labios no se habían movido pero había escuchado perfectamente su voz.
Le miré estupefacta, y si hubiera tenido cuerpo de seguro me habría caído al suelo.
¿De verdad puede leer mi mente? –pensé.
-Pues claro. Cuando no tienes cuerpo tus pensamientos se escapan.
-¿Quién eres?
-Tengo muchos nombres... Ehcon, Tiun, Thigin... puedes quedarte con el que más te guste. Pude oír con sorna.
Qué nombres tan extraños...
Las preguntas se agolpaban en mi mente mientras me ignoraba completamente. Pero todo era tan confuso que ni él podía entender una sola de ellas.
Me concedí un momento de respiro para intentar asimilar todo aquello.
Contemplé mi cuerpo sentado en la mesa, ahora mirando sin mirar, con los ojos vidriosos, y perdidos en la nada.
Hice ademán de respirar profundamente, pero me di cuenta de que ya no necesitaba el aire. Había un montón de preguntas trascendentales que formular, pero no estaba segura de estar preparada para asimilar la respuesta.
Así la más estúpida e inocente de todas ellas salió pronunciada en voz alta.
-¿Por qué tienes tantos nombres?
Reparó en la pregunta que había conseguido articular.
Inclinó la cabeza hacia un lado y me miró despectivamente.
-Los humanos sois tan simples... un extraño te acaba de separar de tu cuerpo y lo único que se te ocurre preguntar es ¿Quién es? Como si hubiera llamado antes de entrar...
Reparó un momento en mi cara disgustada y prosiguió, con un tono más suave. Como un profesor dando una lección pacientemente.
-Todos nosotros tenemos varios nombres; el primero es el real, el que tienes que buscar y que nadie más puede ni debe saber. ¿Entiendes? –hablaba sin mover los labios- Los restantes nombres son simplemente una forma de ocultar tu nombre real. Los adquieres conforme vives distintas experiencias. Cuantos más segundos nombres tienes, mayor categoría y condición, y por lo tanto, más poderoso.
Aquello era interesante. Al menos, sus palabras me distraían de mi difícil situación.
-¿Porqué los demás no pueden saber tu nombre real?
-Porque cuando alguien lo conoce, quedas inevitablemente ligado a él, y, en cierta forma, ejerce poder sobre ti. Puede usarlo para defenderse de tus ataques, o incluso para devolvértelos como si se trataran de un boomerang...
-¿Ataques?
-Llámame Ehcon.
El recién nombrado miraba pensativamente mi cuerpo y mi alma, mi cuerpo y mi alma...
-Qué extraño...
¿Extraño? Esa palabra empezaba a tener un significado bastante relativo. Más bien ridículo.
-¿Qué es extraño?
Ignoró mi pregunta. En vez de eso, se acercó a mi cuerpo y situó una mano en mi pelo. A continuación la deslizó hasta la mejilla.
-¡¿Qué coño haces?! ¡Ni se te ocurra tocarme! –exclamé muy ofendida.
-Mmm...
-¿”mmm”? ¿Qué se supone que quiere decir eso?
-Se trata de tu aura.
-Mi...¿aura?
Echon resopló.
-La mayoría de los humanos estáis rodeados por un aura grisácea que algunas personas pueden ver, y que varía según el estado personal de ánimo. Si uno se fija bien, se pueden incluso ver algunos pensamientos mezclados con el aura. Pero sólo unas pocas personas tienen esa capacidad, y a la mayoría los encerráis en centros de salud mental.
-Y este rollo viene a que...
-A que tu aura es... distinta.
-Defíneme distinta.
-Se supone que a estas alturas deberías de estar completamente separada de tu cuerpo, pero tu aura sigue rodeándolo. Además, no está del color del que debiera.
-¿A no?
Yo no veía absolutamente nada.
-En absoluto. Está azul, y debería de ser...
-Negra –sonó una voz detrás de ellos, como un eco que rebotara una y otra vez contra las paredes- como negro va a ser tu futuro por lo que estoy viendo. ¿Tan rápido pierdes facultades que ya no sabes ni realizar decentemente una SdC?
La voz pertenecía a un sujeto alto, cuya edad rondaría los veintipocos, pero cuyo cabello estaba totalmente encanecido. Vestía una larga capa negra con botas. Parecía un freak de Matrix.
-¿SdC? ¿Qué es eso? –Me aventuré a preguntar.
-Separación del Cuerpo. –Esta vez Ehcon había hablado en voz alta.
-¿Por qué le das explicaciones? –me lanzó una mirada despectiva- Se trata de una simple humana. Hembra, unos dieciséis años. Fase adolescente. Poca utilidad mágica.
Me sentí exactamente igual que si fuera una pieza de ganado. Y ofendida. Estaba a punto de hacer los dieciocho, ¿vale?.
Ehcon se mantuvo impertérrito. Ahora que lo pensaba, no se había movido prácticamente ni un milímetro desde el chico naranja se había marchado.
-Yo no creo que sea tan simple. Fíjate, he introducido la esencia de V.N. en su cuerpo pero su aura está azul. Y se ven hilos espirituales que la siguen conectando a su cuerpo.
-Lo que yo creo, querido subordinado, es que no has sido capaz de realizar una SdC correctamente, y ahora tratas de buscar excusas que no se mantienen en pie.
-Puedes comprobarlo tú mismo. –le retó.
El pelo-canoso se acercó a la mesa donde estaba mi ente.
-Tú. –me sobresaltó la rigidez de su tono mientras un dedo amenazador señalaba mi espíritu.- acércate.
No me gusta ese tipo de gente, de las que dan órdenes de esa forma. De hecho, odio que me digan lo que tengo que hacer. Y no lo conocía de nada, ¿Por qué iba a hacerle caso?
-Se dice “por favor”, Neo –repliqué molesta.
El pelo-canoso me miró sorprendido.
Ehcon alzó una ceja.
-Creo que no has entendido bien tu situación. –repuso con calma- no estás en condiciones de exigir nada. Si no te devolvemos a tu cuerpo en menos de tres horas tu espíritu se habrá distanciado tanto que te será imposible volver a él. Yo no tengo mucha intención volver a unirte, es cierto que estoy obligado a ello, pero si una vez me saltara el protocolo tampoco pasaría nada. Así que si yo digo que vengas aquí, mueves tu fantasmal culo rapidito y vienes aquí.
Aquella orden no admitió replica alguna.
Me situé cerca de él y esperé pacientemente.
Inesperadamente, el pelo-canoso alargó la mano y sujetó algo invisible en el vacío.
Y tiró de ello.
Sentí un dolor, un dolor indescriptible. Mil ganchos puntiagudos tiraban de mí en distintas direcciones desgajando mi esencia. Aquello quemaba y a la vez producía un frío inconcebible. Seguro que estaba a punto de estallar.
-¡Para! –dijo la voz de Ehcon- ¡la vas a matar!
El otro no le hizo el menor caso, y siguió tirando de los hilos espirituales que continuaban firmemente anclados a mi cuerpo.
-Por favor... –supliqué.
El horror paró súbitamente. Tanto que Ehcon se extrañó.
-¿Qué pasa, Oicnelis?
El pelo-canoso se giró hacia Ehcon contrariado.
-No vuelvas a decir mi nombre delante de una extraña o degradaré a una condición baja tan rápido que no sabrás dónde empieza tu cabeza y dónde termina tu cola. ¿Está claro? Terminemos cuanto antes – sentenció.
Ehcon me dirigió una mirada de soslayo mientras se acercó a la mesa y le susurró a mi cuerpo:
-Ya sabes lo que tienes que hacer, VN...
Y por increíble que parezca, mi cabeza asintió.


Ahora estaba bajando de la mesa. Como de la nada, apareció en las manos de Ehcon un hermoso puñal.
La empuñadura era de cobre, y presentaba labrada en ella extraños e intrincados dibujos de lunas y espirales.
-¡¡Enrique!! –comenzó a gritar mi cuerpo- ¡¡Enrique!!
-¿Qué pretendéis? –grité yo- ¿Por qué se mueve mi cuerpo?
-Cállate –respondió Oicnelis- me molestas.
Agitó la mano y me encontré aprisionada por unos lazos invisibles que taponaron mi boca y mis pensamientos.
Aquél títere llamado Anais que se movía torpemente se quedó parado y Ehcon desatrancó la puerta.
Todos en el cuartucho oímos claramente a Enrique corriendo en nuestra dirección, alertado por mis gritos de hace un momento.
El susodicho entró, y, curiosamente, no se extrañó de los invitados tanto como yo había esperado, sino que, con cara de terror, se arrodilló frente Oicnelis, agarrándose de su capa y empezó a suplicarle a gritos:
-Cle.. clemencia por favor, -dijo lloriqueando- no, no me matéis...
-Estúpido, -le espetó este, apartándoselo de una patada- ¿Creías que te librarías de mi tan fácilmente?
-No me mates...
-Sabes de sobra que no puedo matarte –esbozó una tétrica sonrisa- Yo no, pero ella –señaló a mi cuerpo- sí.
Huy, pero que épico es todo… un sueño. Es un sueño todo. Y después de todo mi sueño. Así que supongo que si me pongo a bailar, o poner caras para romper la tensión del momento, nadie lo vería raro… si pudiese moverme, claro. Sí… mi respuesta a cualquier situación de estrés era hacer el gilipollas.
Pero aquello parecía bastante real.
Mi cuerpo se movió como azuzado por un resorte y se acercó, con el puñal en alto, lentamente, hacia Enrique.
Observé la escena con el horror atenazando cada fibra de lo que quedaba de mi ser. Y por supuesto, sin entender nada excepto que me iba a convertir en una asesina.
Me resistí a mis ataduras invisibles, hice fuerza. Seguro que no era imposible soltarme. Tengo que parar todo esto.
Tengo que romper esto...
Ehcon se percató de aquello.
-No puedes desasirte, tu espíritu moriría en el intento –advirtió tranquilamente.
-Prefiero eso a ser testigo de cómo mato a alguien.-Me asustó el tono tan firme de mis propias palabras.
Solté un grito y con él liberé energía. Algo nuevo ocurría. Una por una, los lazos invisibles que me aprisionaban se deshacían como la nieve sobre el fuego. No era fácil. Dolía.
E, inesperadamente, lo logré.
Salí despedida hacia mi cuerpo, que se encontraba erguido sobre su víctima, la cual permanecía agazapada en un rincón.
Y al fin, me introduje de nuevo en él como una exhalación.
Creí, tonta de mí, que una parte de la pesadilla había acabado... pero no.
Por algún motivo. Faltaba sitio. Noté entonces una masa negra, retorcida, agazapada en un rincón de mi mente como un parásito esperando pasar desapercibido, o a que estuviera indefensa y atacarme. La reconocí como a la tal “VN” que había nombrado el demonio azul. La agarré con rabia y la empujé hasta que logré sacarla en forma de un humo negro que se disipó en el aire.
Por fin tenía el control.
Ehcon se encontraba detrás de mí, y por primera vez se sintió como yo en todo el rato, es decir, sin tener ni la más remota idea de qué estaba pasando. Yo estaba con el puñal alzado frente a Enrique.
No había tiempo de pensar.
Rápidamente giré sobre mis talones, realizando una parábola con el puñal en un fútil intento de estocada, que esquivó fácilmente. Oicnelis se limitó a atrancar la puerta.
Enrique se tapaba los ojos.
Cuando pensaba que ya no podía existir más caos en la habitación... aparecieron de la nada dos mujeres.
Una era de la estatura de Ehcon, y se parecían bastante, por no decir que parecía una copia de él en femenino. ¿Eran hermanos? Estaba claro. Tenían que ser gemelos. La otra de seguro era la gemela de Oicnelis, pero con el cabello negro.
Ehcon y su parecida desenvainaron las espadas.
¿Las espadas?
Me empecé a cabrear de verdad. Ehcon sólo llevaba unos vaqueros y una camiseta. ¿De dónde había sacado pues esa espada?
Mareada. Estaba mareada. Y a punto de colapsar, o de desmayarme o algo por el estilo. Quería gritar. Son demasiadas cosas en muy poco tiempo mí, que lo más raro que me había pasado en la vida era haberme caído por unas escaleras saliendo intacta. El agua no se transforma en personas, y desde luego la gente no es azul. Tampoco me pueden separar de mi cuerpo, y pondría la mano en el fuego a que, en una habitación tan pequeña, nunca se juntarían dos pares de gemelos dispuestos a pelear con espadas.
Y, sin embargo, ahí estaba, rodeada de cinco singulares personajes.
La gemela de Oicnelis se dirigió hacia mí, pero éste se interpuso en su camino y dijo con tono desafiante:
-Como la toques, te mato.
La mujer sonrió.
-No puedes.
-Puedo hacerlo de tal forma que nadie lo considerará asesinato, pero será tan doloroso, que, créeme, desearás que pueda matarte.
La mujer ni se inmutó, sólo contestó:
-Apártate, no dejaré que la enfríes, se viene con nosotras.
-No.
-Está bien, -dijo ella con resignación- lo haremos a tu manera.
Se apartó, se puso en una postura defensiva, y empezaron a brillarle las manos.
¿Acaso llevaba encima esas barritas fluorescentes como las de las discotecas? Pues no, más quisieras que la respuesta fuera así de sencilla, Anais.
Ehcon dirigió su mirada hacia Oicnelis.
-Señor...
-Está bien Ehcon, puedo ocuparme yo solo...
-Engreído –dijo su gemela, que continuaba con las manos cada vez más brillantes y en su postura defensiva.
-Tú ocúpate de la chica y de Zul –Continuó diciendo Oicnelis, haciendo caso omiso de la interrupción.
Eso me alarmó. Zul debía de ser la gemela de Ehcon, y como nadie había tenido la amabilidad de preguntarme el nombre, supuse que con “la otra chica” se refería a mí.
-Prepárate, Aiug –avisó Oicnelis mirando a su gemela.
¿Aiug? ¿Zul? ¿Oic-lo-que-fuera? Cuando comenzaba a reírme de aquellos nombres tan absurdos, reparé en un ruidito que me sacó de mis pensamientos. Era Enrique, que intentaba abrir la puerta.
Me dirigí a él con lentitud, con el puñal por delante, mirándole recelosa. A partir de hoy no me iba a fiar de nadie, puesta que ninguno de los allí presentes era lo que parecía ser.
Y empezó la pelea.
Cuando las manos de Aiug brillaban tanto que hacían daño a la vista, hizo un movimiento simulando lanzar algo, y un haz de luz salió despedido en dirección a Oicnelis, el cual se apartó a tiempo de forma que el rayo sólo le dio ligeramente en el brazo, y se estrelló contra la pared, abriendo un boquete.
No lo pensé dos veces y aproveché aquella maravillosa oportunidad que me brindaba el destino para escapar. Me lancé hacia la apertura, tirando el puñal a un lado sin saber muy bien porqué, ignorando a Enrique.
Sin embargo, Ehcon captó mis intenciones y, de un ágil salto, dejó con un palmo de narices a Zul, para aterrizar justo detrás mía.
Lo que era en un principio una sigilosa huída se transformó en una desesperada carrera. Eché a correr, daba igual donde, el caso era escapar; pero, debido a mi, digamos, torpeza innata, tropecé, me doblé el tobillo y caí rodando cuan largo era el suelo. Por favor, un aplauso. Me acaba de convertir en una de esas tías tontas de las pelis de terror que tanto odio, delas que se caen siempre en el momento menos oportuno.
Gire la cabeza exasperada, cuando noté el frío del metal en mi cuello.
Y a pesar de los 40 grados, mi cuerpo entero comenzó a temblar.
Algo mucho, mucho más frío fue la mirada Ehcon, que no transmitía emoción alguna.
Tragué saliva. ¿Dónde estaba la tal Zul? Hace unos instantes me había parecido que ella y Aiug tenían intención de salvarme.
O quizás no.
Acaso en vez de intentar salvarme pretendían utilizarme para otra cosa, parecida a lo que acaban de intentar sus gemelos.
Odiaba esa sensación de no saber absolutamente nada...
-No te mue... –Ehcon no tuvo tiempo de terminar la frase. Se giró como un rayo e interpuso su arma contra la de Zul que se le venía encima, con tal fiereza que saltaron chispas.
Zul me dirigió una sonrisa de soslayo, al tiempo que con un empujón no muy decoroso, alejaba a Ehcon de mí.
Intenté levantarme, pero para mi sorpresa, temblaba demasiado y mi tobillo presentaba una hinchazón de un encantador tono violáceo que no auguraba nada bueno.
Justo cuando iba a empezar a gritar pidiendo ayuda, me percaté de que no había absolutamente nadie en la calle.
¿No era increíble? Vale que fuera la hora de comer para muchos, pero las aceras estaban tan desoladas que sólo faltaba la típica bola de ramitas y polvo de las películas del oeste cruzando por en medio.
De la habitación donde hace solo unos momentos estaba vendiendo taquillas, sólo quedaban tres paredes, y el cristal era ahora únicamente pequeñas esquirlas repartidas por el suelo.
La lucha era intensa, Oicnelis peleaba contra Aiug mediante los extraños rayos luminosos, pero parecía que sus posibilidades de ganar eran iguales, los dos lanzaban los destellos con la misma fuerza, y los dos los esquivaban a la misma velocidad, en cuanto a Ehcon y Zul, (por una vez, me había quedado con los nombres de alguien a la primera) sus figuras se movían tan rápido que se hacían borrosas a mi vista, empañada de lágrimas de dolor conforme tomaba conciencia de lo que me dolía el tobillo. Enrique permanecía debajo de la mesa sin tener oportunidad alguna de salir.


Cuando pensaba que ya lo había visto todo, y que podía desmayarme con toda tranquilidad, una enorme explosión de un color grisáceo se tragó el sonido de mi grito. No sé de dónde provino. Lo único que noté segundos antes de perder la conciencia fue a una masa azul elevándome en el aire.

jueves, 29 de julio de 2010

Prólogo



-¿Por qué la mataste?

El policía se encontraba frente a él, con las manos apoyadas sobre la mesa de aquella pequeña sala de interrogatorios. Tenía pinta de no haber descansado bien durante la noche, si es que había dormido algo. Restos de alguna comida tomada a prisa y corriendo se encontraban en un bigote que, al menos, estaba bien recortado. Unas profundas arrugas en la frente denotaban su avanzada edad.
-Yo no lo hice. –Respondió el muchacho. La edad de este rondaba los dieciocho o diecinueve, pero sus ojos, de un increíble color azul, transmitían una sabiduría inédita para su apariencia. De igual manera su forma de comportarse, su entereza y resolución con la que había actuado al despertar y encontrarse al lado del cuerpo ensangrentado de la persona que más amaba no correspondían a alguien de su edad.
-Vamos, chico, -el policía se irguió- tus huellas están por todas partes, y en el arma blanca homicida. Tu ropa y tu piel manchada por la sangre de la víctima, y, además, te cazamos cuando huías.
-Yo no la maté.
-¿Qué relación mantenías con ella?
-Éramos amigos.
-¿Nada más?
El chico alzó una ceja.
-Si está insinuando que la maté por algún tipo de problema sentimental entre nosotros se equivoca.
Antón miró al muchacho estupefacto. Desde que lo habían traído no había dado muestra alguna de debilidad. Permanecía impasible, impertérrito, sin moverse ni un milímetro. Antón habría jurado que ni parpadeaba cuando le hablaba con esa voz glacial, y esos ojos de hielo lo estaban atormentando.
Se giró para romper el contacto visual y darse un descanso.
-No has contestado a mi pregunta, ¿Eráis algo más que amigos?
-No.
-¿Estás seguro de esa respuesta, muchachito?
-Sí.
-¿Entonces de que la conocías?
-Simplemente éramos amigos.
-¿De la escuela?
-Sí. –Mentira, el nunca había estudiado. Su saber provenía de otra fuente.
-Habrá que comprobar eso.
El agente cogió un bolígrafo y se dispuso a anotar algo en un papel.
-¿Tu nombre?
-¿Qué idioma le gusta más, agente? ¿El castellano, el francés o el inglés?
-¿Qué dices? Te he preguntado tu nombre.
-Responda primero, agente.
-Aquí el que hace las preguntas soy yo, ¿Está claro?
-No puedo decirle un nombre si no me da un idioma.
Antón lo estudió evaluando si estaría en sus cabales. En cuanto saliera de allí mandaría a una unidad de psicólogos para que lo analizaran.
-El castellano –suspiró- ¿Tu nombre?
-Ehcon.
-¿Perdón?
-Ehcon –repitió- Con “h” intercalada.
-¿Qué?
-Mire, -Ehcon cogió pacientemente el papel y escribió su nombre- ¿Ve? Entre la “e” y la “c”.
Antón salió de su estupor.
-¿Pero qué haces, niñato? ¡Merezco un respeto! –Antón arrugó el papel y lo tiró al suelo- Y ahora, si no quieres buscarte más problemas de los que ya tienes, será mejor que me digas tu identidad real.
Ehcon permaneció inmóvil en el asiento.
Antón iba a añadir algo más, pero la puerta se abrió de repente.
Un agente muy joven, sin resuello, se quedó parado unos instantes en la puerta.
-¿Agente Antonio?
-Sí –respondió el susodicho- ¿qué ocurre?
-Se trata del cadáver.
-¿Qué ocurre?
-Se han encontrado algunas anomalías.
-¿Anomalías? ¿Cómo cuales?
-Bueno verá... –el joven se rascó la cabeza- el forense jura que la muerta estaba pidiendo ayuda. Llamando a alguien.
-¡¿Cómo?!
-Lo están atendiendo, ha quedado en estado de shock.
-¿Qué se supone que decía exactamente la víctima?
-Gritaba.
-¿Usted oyó algo?
-El forense estaba solo en la sala de autopsias, señor. Pero comentaba que parecía un nombre.
-¿Cuál?
-Algo así como Epon, o Ezmo....
-Ehcon.
Antón se giró.
El muchacho había desaparecido.
No olvides la “h”... –escuchó en su cabeza.