jueves, 29 de julio de 2010

Prólogo



-¿Por qué la mataste?

El policía se encontraba frente a él, con las manos apoyadas sobre la mesa de aquella pequeña sala de interrogatorios. Tenía pinta de no haber descansado bien durante la noche, si es que había dormido algo. Restos de alguna comida tomada a prisa y corriendo se encontraban en un bigote que, al menos, estaba bien recortado. Unas profundas arrugas en la frente denotaban su avanzada edad.
-Yo no lo hice. –Respondió el muchacho. La edad de este rondaba los dieciocho o diecinueve, pero sus ojos, de un increíble color azul, transmitían una sabiduría inédita para su apariencia. De igual manera su forma de comportarse, su entereza y resolución con la que había actuado al despertar y encontrarse al lado del cuerpo ensangrentado de la persona que más amaba no correspondían a alguien de su edad.
-Vamos, chico, -el policía se irguió- tus huellas están por todas partes, y en el arma blanca homicida. Tu ropa y tu piel manchada por la sangre de la víctima, y, además, te cazamos cuando huías.
-Yo no la maté.
-¿Qué relación mantenías con ella?
-Éramos amigos.
-¿Nada más?
El chico alzó una ceja.
-Si está insinuando que la maté por algún tipo de problema sentimental entre nosotros se equivoca.
Antón miró al muchacho estupefacto. Desde que lo habían traído no había dado muestra alguna de debilidad. Permanecía impasible, impertérrito, sin moverse ni un milímetro. Antón habría jurado que ni parpadeaba cuando le hablaba con esa voz glacial, y esos ojos de hielo lo estaban atormentando.
Se giró para romper el contacto visual y darse un descanso.
-No has contestado a mi pregunta, ¿Eráis algo más que amigos?
-No.
-¿Estás seguro de esa respuesta, muchachito?
-Sí.
-¿Entonces de que la conocías?
-Simplemente éramos amigos.
-¿De la escuela?
-Sí. –Mentira, el nunca había estudiado. Su saber provenía de otra fuente.
-Habrá que comprobar eso.
El agente cogió un bolígrafo y se dispuso a anotar algo en un papel.
-¿Tu nombre?
-¿Qué idioma le gusta más, agente? ¿El castellano, el francés o el inglés?
-¿Qué dices? Te he preguntado tu nombre.
-Responda primero, agente.
-Aquí el que hace las preguntas soy yo, ¿Está claro?
-No puedo decirle un nombre si no me da un idioma.
Antón lo estudió evaluando si estaría en sus cabales. En cuanto saliera de allí mandaría a una unidad de psicólogos para que lo analizaran.
-El castellano –suspiró- ¿Tu nombre?
-Ehcon.
-¿Perdón?
-Ehcon –repitió- Con “h” intercalada.
-¿Qué?
-Mire, -Ehcon cogió pacientemente el papel y escribió su nombre- ¿Ve? Entre la “e” y la “c”.
Antón salió de su estupor.
-¿Pero qué haces, niñato? ¡Merezco un respeto! –Antón arrugó el papel y lo tiró al suelo- Y ahora, si no quieres buscarte más problemas de los que ya tienes, será mejor que me digas tu identidad real.
Ehcon permaneció inmóvil en el asiento.
Antón iba a añadir algo más, pero la puerta se abrió de repente.
Un agente muy joven, sin resuello, se quedó parado unos instantes en la puerta.
-¿Agente Antonio?
-Sí –respondió el susodicho- ¿qué ocurre?
-Se trata del cadáver.
-¿Qué ocurre?
-Se han encontrado algunas anomalías.
-¿Anomalías? ¿Cómo cuales?
-Bueno verá... –el joven se rascó la cabeza- el forense jura que la muerta estaba pidiendo ayuda. Llamando a alguien.
-¡¿Cómo?!
-Lo están atendiendo, ha quedado en estado de shock.
-¿Qué se supone que decía exactamente la víctima?
-Gritaba.
-¿Usted oyó algo?
-El forense estaba solo en la sala de autopsias, señor. Pero comentaba que parecía un nombre.
-¿Cuál?
-Algo así como Epon, o Ezmo....
-Ehcon.
Antón se giró.
El muchacho había desaparecido.
No olvides la “h”... –escuchó en su cabeza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario